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El gastroturismo como salvavidas rural

En la mesa redonda se puso sobre la mesa cómo el gastroturismo se ha convertido en una herramienta real para fijar población y preservar cultura en el medio rural.
Amaranta Rodríguez explicó el caso de Culler de Pau, en las Rías Baixas, donde la estacionalidad del turismo les llevó a crear Dormideira, unos apartamentos rurales concebidos como “prolongación natural” del restaurante para atraer visitantes todo el año.
Subrayó, además, el trabajo de autoabastecimiento y de recuperación de variedades autóctonas, como la berza riza o el millo corvo, y cómo la demanda de los restaurantes ha animado a los agricultores a rescatar productos que estaban desapareciendo.
Carlos Fernández, desde Karan (Carambistro) en Pozoblanco, defendió la puesta en valor integral de la dehesa de Los Pedroches: del cerdo ibérico al cordero merino, pasando por huertas familiares, miel y setas silvestres, todo contado al comensal con autenticidad.
Relató cómo incluso elaboran aceite propio y trabajan con ingredientes como la bellota, convertida en harina o base de platos tradicionales reinterpretados, reforzando así el vínculo entre restauración y productores locales.
Salvador Fernández expuso el modelo de Casa Borrego, hotel gastronómico en Bullas (Murcia), un antiguo molino harinero transformado en destino de experiencia completa: buena mesa, buena cama y naturaleza como reclamo. Reivindicó el “sentido común y la pasión” como claves del éxito, con precios contenidos, plantilla cuidada y una propuesta que ha logrado lista de espera constante y orgullo local en un pueblo pequeño con denominación de origen de vino.
También destacó el impacto social: vecinos que antes veían con recelo un menú de alto precio ahora recomiendan el establecimiento y presumen de que Bullas suene fuera de la región, incluso en escenarios tan lejanos como Egipto. José Álvarez, por su parte, describió la transformación de su restaurante en El Ejido, nacido como bar de carretera junto a un polígono industrial y hoy referente de producto del mar de Alborán y de la huerta almeriense.
Tras constatar la desconexión turística de Almería y la competencia de otros destinos con estrella Michelin, ha apostado por un espacio inmersivo: invernadero de cristal con tomateras y vegetales, jardín de plantas autóctonas y un recorrido que prepara emocionalmente al comensal.
Álvarez reconoció cómo la alta cocina vivió durante años acomplejada, copiando modelos foráneos, y defendió un giro decidido hacia el producto propio: tomate RAF, pimientos, guisantes de la zona y pescados locales, abandonando platos ajenos al territorio.
Los cuatro coincidieron en que la alianza entre cocineros, agricultores y ganaderos, unida al alojamiento de calidad, convierte a la gastronomía rural en motor económico, cultural e identitario para sus comarcas.









