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Erik Wolf: “El turismo gastronómico no crea patrimonio, lo revela”

Erik Wolf defendió que el turismo gastronómico puede y debe ser una herramienta para hacer los territorios más habitables, siempre que el foco no esté en el visitante sino en el patrimonio y en la comunidad que lo sostiene. Alertó de que lo que se está perdiendo no son solo platos, sino conocimiento vivo: técnicas, memorias e historias encarnadas en personas como “Antonia”, la cocinera de bar de pueblo cuyo saber no cabe en un museo ni en una receta escrita.
Wolf subrayó que el patrimonio gastronómico no desaparece por falta de calidad, sino por falta de reconocimiento y visibilidad: existe, pero es invisible tanto para residentes como para turistas. Denunció que la imagen internacional de la gastronomía española está reducida a tópicos —paella, sangría, tapas— mientras permanece oculta una riqueza inmensa de embutidos, quesos, cocidos, vinos y productos agrícolas de altísima calidad. Según datos que compartió, España figura solo en décima posición en un reciente ranking mundial de turismo gastronómico, por detrás de países como Alemania o Austria, no por falta de grandes chefs o estrellas Michelin, sino por no haber sabido articular y comunicar su patrimonio cotidiano.
Para revertir esta situación, defendió que el objetivo no debe ser crear mejores lugares para visitar, sino mejores lugares para vivir; cuando eso ocurre, los destinos atractivos surgen casi de forma natural. Propuso pasar de un patrimonio aislado a uno conectado, donde productores, cocineros, productos e historias se tejen en red y conforman destinos fuertes. En esa línea presentó la creación de “Test Place España”, una organización destinada a conectar redes nacionales e internacionales y dar visibilidad global al patrimonio gastronómico español, protegiendo a la vez cultura, territorio y oportunidades económicas para las comunidades locales.








